Cooperación regional, ¿estás ahí?

Compartir

Línea de base. Hubo un tiempo que fue hermoso. Eso dicen algunos. Los liberales recuerdan con nostalgia los dorados años 90 en donde los acuerdos regionales prosperaron. Los mercados se abrieron, las democracias se comprometieron con la democracia y Estados Unidos encontró su lugar en la conversación hemisférica. Los nacionalistas de distintas vertientes añoran los momentos de gloria vividos entre Chávez, Lula, Correa, Evo y Kirchner. Fueron años de autonomía, de negarle espacios a Estados Unidos y de empujar para que el mundo fuera más multipolar.

No importa el punto de vista. Lo mejor parece haber quedado atrás. La UNASUR ya no está; el ALBA se quedó sin aliento y el Mercosur está en coma inducido. En la OEA se juegan varios partidos a la vez, todos con hinchadas enardecidas. El comercio intra-regional no para de caer. La Argentina y Brasil duermen en la misma cama, pero sueñan cosas muy distintas. China no para de crecer. Estados Unidos, como suele suceder, tiene otros problemas. Y la Unión Europea no solo debe lidiar con sus propios asuntos sino calcular cuál es su espacio de acción entre Washington, Beijing y Moscú. ¿Qué sucedió para llegar a esta situación? ¿Qué desafíos existen por delante?

El déficit de atención. Toda política es local. Más aún cuando el local está en llamas. Y eso es lo que sucede en muchos países de la región. En Chile el local se incendió en 2019. En Brasil sucedió antes y eso dio lugar a Bolsonaro. La Argentina está atrapada en su pandemia y en su frágil economía. Nada sugiere que la estabilidad política resultará de las elecciones en Ecuador y en Perú. La crisis política, económica y humanitaria en Venezuela seguirá siendo parte del paisaje regional por un tiempo largo. Y en Colombia, la violencia ha regresado. El resultado es que al menos los países de mayor peso están todos atrapados en sus desafíos internos, sin mucha energía para pensar la región. Claro, todos dirán que la cooperación regional es clave. Pero que se ocupe el otro.

La tasa de descuento. La falta de crecimiento económico y de horizonte político son dos poderosos supresores de la cooperación internacional, global o regional. Un gobierno puede tener el incentivo de cooperar con su vecino para mejorar los pasos, firmar acuerdos de inversiones o promover iniciativas en infraestructura. Pero cuando el horizonte político y económico se acorta, la tasa de descuento se incrementa y los gobiernos le bajan el precio a su par, sencillamente porque no saben si estará ahí por mucho tiempo más o si podrá cumplir con sus compromisos. Dicho de otra forma, y subidos a los hombros de Robert Axelrod, cuando dos gobiernos le dan mucha importancia “al próximo encuentro” es cuando la sombra del futuro se expande y facilita pensar en una cooperación sostenida. En la región, apenas ha habido encuentros entre gobiernos en los últimos años. Mucho menos gobiernos que piensen en el próximo. Y mientras la crisis de salud y la crisis económica persistan en un clima de incertidumbre política, el futuro seguirá valiendo muy poco y, con ellos, los incentivos para cooperar también.

La distancia ideológica. A un presente problemático y a un futuro a bajo precio, se agrega la distancia ideológica entre presidentes. Es cierto, siempre hubo distancia. Recordemos que los años dorados de la UNASUR convivieron con la Colombia de Uribe y el Perú de Toledo, entre otros. La diferencia es que hoy esa distancia se traduce en polarización, doméstica (adentro de las sociedades) y externa (entre presidentes) como no veíamos hace rato. Miremos la Argentina y Brasil, por ejemplo. Nunca hubo tanta distancia ideológica como hoy. Las duplas convergentes de Alfonsín/Sarney; Menem/Collor y Kirchner/Lula trabajaron a favor de la conversación. Claro, no siempre la convergencia de ideas correlacionó con resultados. Pero casi siempre evitó un tema fundamental: hacer del carácter del otro país un asunto de política doméstica. Y eso es lo que sucede hoy entre la Argentina y Brasil. Hay otras distancias, claro. La que separa Venezuela de Colombia, la Argentina de Uruguay o Bolivia de Chile. Y la que podría separar Quito de Lima si llegara a triunfar Castillo en Perú.

Externalidad negativa. Más allá de estos patrones generales de tiempo e ideas, algo muy puntual sucedió en la región. Fue el colapso de Venezuela no solo como modelo económico y político sino como punto focal de la conversación regional. La crisis venezolana no es un proceso puramente doméstico. Es un proceso que generó, y continúa generando, externalidades negativas. Menciono sólo dos. La primera es la enorme cantidad de venezolanos, unos cinco millones, que dejaron su país en busca de un horizonte de vida mejor. Y que lo hicieron principalmente en los países vecinos, colocando una enorme presión en presupuestos públicos ya en el límite, como el caso de Colombia. La segunda es que pocos temas han dividido tanto a la región como la crisis política que vive el país y qué hacer al respecto. Esta división terminó en el Grupo de Lima y en el Grupo de Puebla como dos puntos focales de posiciones quizás algo más complejas.

Preferencias cambiantes. Otro cambio centrado en un país. Me refiero al Brasil de Bolsonaro. Se ha escrito mucho sobre su figura, las ideas que están detrás de él y las transformaciones sociales brasileñas que le dieron espacio. Pero quizás su cambio más notable en materia de política exterior ha sido el alejarse de América del Sur. Mucho se habla de su giro hacia Estados Unidos, pero el giro fue más bien hacia Trump que hacia Washington. Bolsonaro y su gente concluyeron que Brasil no tenía mucho para ganar participando en la conversación regional o liderando iniciativas dentro de un barrio que, a sus ojos, estaba plagado de comunistas. Este cambio en las preferencias de Brasil ha sido fundamental para explicar el retraimiento de una región. Cuando miramos las grandes iniciativas regionales de los 90 para acá, Brasil siempre estuvo tras ellas. No solo, casi siempre acompañado. Pero siempre empujando la cooperación.

Opciones de salida. Nadie puede salir de su región, claro. Los estados no se mudan. Pero sí pueden mirar hacia fuera y buscar otras opciones de, por ejemplo, integración comercial. Lo hicieron varios países con Estados Unidos y con la Unión Europea. México, Colombia y Chile, entre otros. Pero hoy la novedad es China. Desde hace diez años, su presencia en América del Sur en particular no para de crecer. Su crédito, sus compras, sus ventas, su inversión y su ayuda se han vuelto dimensiones clave para pensar el crecimiento de los países de la región. Y si todos comenzamos a mirar a China, ¿quién mira a la región? La evidencia sugiere que el crecimiento del comercio con China no generó mayores incentivos a la integración. Por el contrario. Cada país parece haber buscado hacer cosas con China de manera bilateral, no regional. Si miramos México y América Central, la relación con China es algo distinta. Pero lo que sucede en el sur con China es lo que sucede en el norte con Estados Unidos. De ahí que México, más allá de su afinidad cultural, histórica y de desarrollo con América Latina, esté atrapada en la interdependencia con Estados Unidos lo que le quita incentivos y recursos para ir más allá de Panamá.

La mirada de afuera. ¿Qué sucede en otras regiones? Acá vienen las buenas noticias. Cuando comparamos la naturaleza de las relaciones en la región con otras regiones existen elementos para ser un poco más optimistas. No muy, un poco. Hace rato que no vemos una guerra entre estados ni una guerra civil. La región no tiene armas nucleares. Tampoco tiene un líder autoritario tirando cohetes al espacio y enriqueciendo uranio como lo hace Kim Yong-un. O un líder autoritario anexando porciones de países. Por suerte, el terrorismo fundamentalista nunca hizo pie en la región. Comparados con África, nuestras economías son más complejas y nuestro capital humano está más preparado. Comparados con Asia, nuestra democracia es más fuerte y nuestra sociedad civil es más vibrante.

Hacia delante. Dicho esto, América Latina necesita incrementar su productividad. Necesita generar empleo de calidad, atraer inversiones, cuidar al ambiente, mejorar la conectividad, poner en marcha la transición energética, garantizar la seguridad humana y elevar los estándares de salud. Y necesita proteger y hacer crecer sus valores democráticos y sus derechos civiles, económicos y sociales que se vienen conquistando lentamente. Pero las necesidades no generan oportunidades. Por eso, la tarea de la cooperación regional no debería ser inventar todo de nuevo. Tampoco crear nuevas organizaciones ni refundar nada. Debería consistir en buscar consensos pragmáticos en estos y otros asuntos, de abajo hacia arriba, de la sociedad al estado. No hacer grandes cumbres ni proponer la integración continental. Comenzar por temas específicos, clubes pequeños de cooperación basados en intereses compartidos y en coalición de voluntades. No es momento de grandes ideas, más bien es tiempo de pequeñas acciones.


Compartir

Federico Merke

Federico Merke es Profesor Asociado de la Universidad de San Andrés.

Compartí:

Share on facebook
Share on twitter
Share on pinterest
Share on linkedin
Share on whatsapp
Share on telegram

Articulos relacionados

Share on facebook
Share on twitter
Share on email
Share on linkedin
Share on whatsapp
Share on telegram