La Forestal y la deuda ambiental

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Este 29 de enero se conmemoran los 100 años de la rebelión obrera de La Forestal, una de las páginas de resistencia popular más heroicas de nuestra historia, pero también un emblema de la tragedia social, económica y ambiental de la que puede ser capaz el extractivismo cuando no encuentra ningún tipo de regulación.

La empresa inglesa “The Forestal, Land, Timber and Railways Company Limited”, o simplemente La Forestal, llegó a monopolizar en la primera mitad del siglo pasado la explotación de los bosques de quebracho colorado en el chaco austral, concentrada especialmente en el norte de Santa Fe. Controlando más de dos millones de hectáreas, durante los sesenta años de su dominio latifundista fue una suerte de Estado paralelo, donde la compañía mantenía un régimen laboral opresivo y un sistema de producción insostenible con el ambiente.

En lo personal, la historia me toca de cerca. Mi abuelo nació en Villa Guillermina, el principal pueblo creado alrededor de La Forestal. Con sólo 8 años fue boyero en Basail, un pueblo más pequeño al sudeste del Chaco, donde la empresa también tenía dominio absoluto. Sufrió en carne propia no sólo la explotación laboral y las condiciones de vida insalubres, sino también el abandono cuando La Forestal concluyó su ciclo de depredación y reorientó sus actividades a África.

El régimen

La Forestal levantó una serie de pueblos ajenos a cualquier ordenamiento y reglamentación provincial o nacional. Diseñados alrededor de las fábricas de tanino, constituyeron un auténtico régimen social por fuera del Estado, en dónde no existía ningún otro criterio más que la voluntad de la empresa.

En los hechos, existía un régimen de castas donde en la cúspide estaban los directivos y empleados jerárquicos de La Forestal, que contaban con una autoridad que se extendía a todo el pueblo. Otro estamento lo conformaban los trabajadores de la compañía que, aún sin contar con condiciones ideales, al menos tenían asignadas viviendas y se desempeñaban en tareas específicas (ferroviarios, electricistas, etc.) mejor reguladas. Y finalmente, la gran mayoría la constituían los obreros, como mi abuelo, que La Forestal tercerizaba a través de contratistas. Hacheros, boyeros y carreros que hacían las tareas más extenuantes, a destajo, y vivían prácticamente a la intemperie, en asentamientos precarios que iban trasladándose a medida que se avanzaba sobre el monte.

El clásico libro de Gastón Gori, “La Forestal”, describe el funcionamiento de los obrajes. Los mecanismos de explotación no solo tenían que ver con las condiciones laborales inhumanas, con jornadas interminables bajo temperaturas excesivas y expuestos a las condiciones ambientales de la intemperie. Toda la disposición estaba diseñada para abusar de los trabajadores.

El ejemplo más paradigmático era la provisión de víveres dentro del pueblo, que también estaba monopolizada por La Forestal. Todavía hoy tengo los vales con los que La Forestal le pagaba a mi abuelo, que solo funcionaban en el almacén de la empresa, que tenía precios a veces hasta el doble de lo normal y bienes de peor calidad. La seguridad alimentaria no tiene que ver solamente con producir alimentos sino con su justa distribución, acceso y comercio.

Pero, de la misma manera, todas las demás instituciones del pueblo, desde la escuela hasta el hospital, o la administración de justicia, respondían a los designios de la compañía, que las hacía funcionar de acuerdo a sus exclusivos intereses.

La lucha

Aún bajo ese régimen, los trabajadores empezaron a encontrar formas de organizarse y con el tiempo conformaron un sindicato de trabajadores del tanino, articulando redes con otras organizaciones obreras. Esa masa crítica que se fue formando les permitió hacer protestas, resistidas desde el inicio por las autoridades de La Forestal, pero que empezaron a multiplicarse en los distintos pueblos sometidos por la compañía.

Las condiciones parecían estar dadas para avanzar en un reclamo a mayor escala y concretar condiciones de vida mínimamente dignas. Se presentó un pliego de 35 demandas básicas y concretas. La última de ellas pedía, lisa y llanamente, “mayor respeto” para los obreros. Tras un largo conflicto, que incluyó la realización de la primera huelga general contra la compañía en 1919, finalmente se reconocieron varias de estas las exigencias de los trabajadores, en lo que fue vivido como un auténtico triunfo popular.

La contraofensiva

Pero en el orden social construido por La Forestal no había lugar para los sindicatos ni para la organización popular. Y las reformas prometidas por la compañía llegaron en cuentagotas o directamente no existieron.

Como cuenta detalladamente el historiador Alejandro Jasinski, La Forestal empezó una ofensiva contra los trabajadores que incluyó crear una fuerza represiva propia, la Gendarmería Volante. Junto con la tarea terrorista de la Liga Patriótica, se persiguió y hostigó a los activistas y referentes de la zona, haciendo de los arrestos, golpizas e incluso asesinatos, una moneda corriente.

El otro instrumento para presionar a los trabajadores fue, aprovechando el stock acumulado durante la Primera Guerra Mundial, un feroz lockout con el que sometió al hambre y la desesperación al pueblo entero. Se cerraron algunos de los enclaves y se despidieron miles de trabajadores, apostando a la claudicación de las reivindicaciones.

Como resistencia a esta agresión sistemática de la patronal, el 29 de enero de 1921 se produjo finalmente un estallido social en los pueblos bajo dominio de La Forestal, incluyendo el intento de toma de fábricas por parte de los trabajadores y la confrontación directa con las fuerzas represivas.

Los enfrentamientos se prolongaron por varios meses y la represión a la revuelta fue sistemática y feroz, a la altura de la Semana Trágica o la represión durante la Patagonia Rebelde. Se calcula que la violencia de las autoridades asesinó a más de 500 obreros y obligó al confinamiento en el monte de varios miles.

Los trabajadores tardaron en reorganizarse y recién volvieron a reconstruir cierta sindicalización a fines de los años 30 y, en un contexto de conquista de derechos y reconocimientos, con más fuerza durante el peronismo. Pero para entonces el ciclo de extracción y depredación de La Forestal estaba completo, los bienes comunes naturales se estaban agotando y era más económico relocalizar la producción en África. A la explotación y la represión, entonces, le siguió el abandono. La Forestal se llevó del país millones de dólares y, una vez explotados los bienes comunes naturales, dejó pueblos fantasmas y un perjuicio ambiental incalculable.

Las consecuencias

Es difícil subestimar el daño ecológico que generó la explotación. Durante su actividad, La Forestal extrajo más de 30 millones de árboles y exterminó más de 16 mil hectáreas de bosques al año. La deforestación indiscriminada, sin ningún programa de reforestación, causó la desaparición de los montes de quebracho, provocando a su vez un profundo proceso de degradación y erosión del suelo. Este daño al ecosistema en su conjunto contribuye a generar las inundaciones que acostumbramos ver en el norte de Santa Fe.

Las principales víctimas de este pasivo ambiental fueron y siguen siendo los propios habitantes del lugar, que ante el cierre de fábricas se encontraron en un territorio arrasado, con recursos agotados en dónde resultaba impracticable cualquier otra actividad productiva. La situación obligó a una migración rural masiva de los habitantes, entre ellos mi abuelo, que con quince años tuvo que venir sin nada a ganarse la vida a Buenos Aires. La migración masiva y desordenada, que alimentó la concentración de la población en el Conurbano, tiene también la marca de origen de ese extractivismo depredador.

Probablemente haya pocos ejemplos más claros de lo falso de la dicotomía entre el cuidado del ambiente y el desarrollo. Aún hoy los departamentos del Chaco santafesino tienen que luchar para lidiar con las consecuencias ambientales de La Forestal, que dejó pueblos desmontados y con mayores niveles de pobreza que el promedio de la provincia, que tuvieron que reconstruirse para seguir adelante después de esa explotación.

Conocer esta historia de abusos también es una forma de construir soberanía. La degradación ambiental que atraviesa el planeta nos atañe a todos, pero las responsabilidades de haber llegado a este punto no son las mismas. El despojo que han hecho sobre nuestras tierras los países desarrollados, dejando inmensos pasivos ambientales y llevándose valiosos activos económicos, es un aprendizaje que tenemos que incorporar para entender, de una vez y para siempre, que un modelo justo e inclusivo no puede permitir la explotación desmedida y la depredación del ambiente.


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Daniela Vilar

Daniela es Diputada Nacional del Frente de Todos por la provincia de Buenos Aires. Es Presidenta de la Comisión de Modernización Parlamentaria de la Cámara de Diputados y Vicepresidenta 2° de la Comisión de Ambiente y Recursos Naturales. Se especializa en temas ambientales y de Gobierno Abierto. Es licenciada en Ciencia Política por la UBA y Magíster en Políticas Públicas por la Universidad de San Andrés.

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