Pluralismo, minorías e instituciones: el caso del ataque al Capitolio

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En la mañana del 5 de enero recibí un email de mi universidad en el que se recomendaba a los estudiantes que no nos acercáramos al centro de Washington, en especial a la zona de la Casa Blanca y el Capitolio, durante las marchas en repudio a la confirmación de Joe Biden y Kamala Harris como la fórmula ganadora de las elecciones del pasado 3 de noviembre. El contenido del mensaje se refería -correctamente- a la manifestación como “First Amendment demonstration”, esto es, a un cuerpo que ejerce su derecho a protesta y petición al gobierno en un marco de libertad de expresión. La recomendación, redactada en tono neutro y cuidando las formas, no ignoraba quiénes serían sus receptores: jóvenes estudiantes, en su mayoría liberales en el sentido norteamericano del término, a los que elegir pasear por el National Mall en un día por otra parte frío y nublado podía resultar en situaciones incómodas y potencialmente violentas.

Dicho eso, el contenido del email tenía mucho más que ver con las restricciones al tráfico y al transporte público por parte del gobierno municipal que a una advertencia por una posible toma por asalto del Congreso de los Estados Unidos. Después de todo, ¿quién podía imaginar que el 6 de enero se cerraría con las imágenes que hoy ilustran los diarios del mundo entero? Esa imaginación podía llevar, sin dudas, a un enfrentamiento entre los manifestantes y la policía. Una escena de ese tipo no hubiese sido ni nueva ni llamativa para los habitantes del Distrito de Columbia, ya fuera proveniente de la izquierda o de la derecha del espectro político. Pero lo que jamás se imaginó es que el ejercicio de la primera enmienda fuera del Capitolio intentara imponerse por la fuerza sobre la doceava que se practicaba dentro, es decir, aquella que establece el método de elección presidencial y su confirmación a viva voz por el presidente del Senado.

Por más que se trate de una consigna antigua y hasta caída en el cliché lockeano, todavía parece necesario recordarla: la libre manifestación de ideas está limitada por su propia cinética cuando trata de imponerse sobre otras, por lo que fácilmente cae en la contradicción al proponerse ir un paso más allá. Los hechos del 6 de enero fueron todavía más lejos por cuanto no se trataba de un mero debate de ideas contrapuestas sobre, por mencionar un tópico fresco para nosotros, el aborto, sino al hecho de que el producto surgido de las instituciones resulta inaceptable. Todos conocemos la frustración como miembros de una comunidad política, pero la mayoría comprendemos que en última instancia ese mismo mecanismo ha sabido dar más seguridad a los propios perdedores que la imposición forzosa de una parte sobre el todo. Dicho de otro modo, salvar las formas y salvar al sistema -objetos de críticas constantes por parte de los populismos en alza- significa preservar la seguridad del perdedor y la posibilidad de que algún día vuelva a competir, porque es legítimo que así lo haga.

Esa legitimidad, sin embargo, se desarrolla en una arena política y jurídica cuya transparencia y confianza hay que reasegurar. Eso significa reconocer simultáneamente el derecho del presidente a solicitar la revisión de los votos en caso de sospecha de fraude y que sus seguidores no tenían la facultad de irrumpir en el seno del proceso dado que esas se probaron falsas. Como actor político, uno puede desconfiar de las capacidades o de la buena fe de las mayorías, y los ideólogos de la constitución norteamericana fueron pioneros en ello: los Estados Unidos no tienen un sistema ni directo ni mayoritario para elegir a su presidente. Joe Biden ganó no sólo en el terreno del voto popular a nivel país, sino también en aquel que lo recubre y limita: el de las instituciones que hace tan sólo cuatro años atrás le daban la victoria a Donald Trump.

Así como en 2016 Trump ganó legalmente según las reglas de juego del país -si esas reglas son las mejores o no, es parte de otro debate-, en 2020 perdió por el mismo mecanismo. En ambas ocasiones, declarar que quien se sienta al frente del despacho Oval “is not my President” es propia de un berrinche político poco sano y poco útil, especialmente en un sistema obsesionado con los límites y los contrapesos, como bien observamos en los últimos meses. Eso no significa de ningún modo que los mecanismos sean infalibles o que lo abarquen todo. Yo mismo estoy convencido de que la cultura política es una pieza fundamental del origen y la potencial resolución de este problema. Buena parte de ese proceso reflexivo tendrá que ver no sólo con comprender las deficiencias que llevaron a la vergüenza que hoy muchos manifiestan dados los eventos del 6 de enero, sino también con observar una continuidad institucional que los norteamericanos suelen sacar a relucir con orgullo, pero que no está exenta de la necesidad de ser reforzada en sus cimientos, ni que por ser estable fuese impoluta.

En ese sentido, una causa no puede atribuirse legitimidad total, automática o perpetua, ni el supuesto éxito puede confundirse con el destino manifiesto. Si los “padres fundadores” de Estados Unidos temían al faccionalismo, fue porque conocían perfectamente que la pluralidad de voces era un ingrediente presente en el experimento político que estaban paralelamente creando y descubriendo. Esa pluralidad contenida por el marco político que la consagró en la primera enmienda encuentra su desafío hoy, por un lado, en el acto de desconocimiento de la legitimidad ajena y la autoconsagración de la propia sin que las formas importen, y por otro, en la confianza sobrada de muchos en que el mecanismo es impermeable. De esa manera, dormirse en los laureles de la supuesta estabilidad pasada puede llevar a pensar que su razón de ser fue una elección divina o un diseño fino, de relojería, y no la capacidad mundana -y por eso más fascinante- de preservarlo constantemente aceitado (no vamos a creer que las divisiones actuales son las primeras o las más profundas, ni vamos a dejar de reconocer su buen historial sucesorio).

Lo sorpresivo del desafío actual es que el protagonista del caso sea un líder al que le cuesta sacarse el traje de candidato para calzarse el de presidente, o sólo lo hizo en tiempo de descuento, en la mañana del 7 de enero, al reconocer a regañadientes que abrirá el camino de una “transición ordenada”. Lo hizo, no tanto ante la confirmación de su derrota por el parlamento, entonada por su propio vicepresidente ahora tildado de traidor, sino como una respuesta balanceadora pero rezagada frente a la insólita imagen de una bandera con su nombre colgada de un Capitolio tomado.

Con esto no quiero proponer ni creer que casi la mitad de los votantes norteamericanos que sufragaron en favor de Trump celebren las imágenes del Congreso asaltado. Lo último que necesita Estados Unidos es más señalamiento, prejuicios o verdades reveladas en tono moralizante, vengan de donde vengan: “fascismo” y “comunismo” sobran en el lenguaje y -por suerte- faltan en casi todas partes. Pero los trumpistas que repudian los hechos del 6 de enero deberán desmarcarse apropiadamente de ello y no ser ya una “mayoría silenciosa” en esta materia. Tampoco ignoro el carácter de ese gesto: la moderación que puede llevar a buen puerto no es de medias tintas forzadas ni de uniones utópicas, sino de la comprensión del funcionamiento de un pluralismo que reconoce y garantiza la posibilidad de pensar distinto. Eso no estará en riesgo siempre y cuando la parte derrotada no entienda que los ganadores conducirán a su país indefectiblemente al abismo, porque en caso contrario encontrarán razones suficientes para rescatarlo a cualquier costo. Precisamente por eso quienes tomaron el parlamento consideran que hay que salvar al Estado de sus propias formas, de sus propios formalismos, en favor de una serie de valores patrióticos poco definidos, pero que la democracia no encontró, la conspiración fraudulenta secuestró, y el sistema contramayoritario no tuvo las agallas de torcer.

Lo que sucedió en Washington, D.C. el 6 de enero no quedará atrás fácilmente, ni para el gobierno que se va, ni para el que se estrena. No es un hecho al que simplemente se pueda mirar por el espejo retrovisor, porque continúa corriendo en paralelo a Biden, a Trump, al Partido Republicano que deberá sobrevivir a él y a las instituciones norteamericanas que se vieron asaltadas. Difícilmente haya vuelta atrás de la creencia de millones de estadounidenses que pasarán el resto de sus vidas convencidos de que hubo un fraude masivo en su país. Pero también vale ser conscientes de lo opuesto: mucho más profunda sería la herida y más oscuro el horizonte si todas las piezas del entramado institucional se hubiesen plegado a la fidelidad al individuo. Ese también es un viejo temor. Los historiadores volveremos sobre este punto con la ventaja que siempre nos concede el tiempo. Hoy, en un análisis más apresurado y parcial, animo a proponer algo que al menos en mi cosmovisión política es un elemento fijo: que el mantenimiento del marco institucional que la mayoría respeta se manifieste sin titubeos, mientras las minorías como las de ayer lo acepten, acaten y, espero, en realidad también deseen.


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Santiago Bestilleiro

Santiago Bestilleiro es estudiante de doctorado en la Universidad de Georgetown (Estados Unidos). Investiga temas de historia y teoría política bajo un enfoque transnacional.

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