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Gran Hermano viene siendo un éxito rotundo en la televisión argentina. La última vez que el programa tuvo tanto rating fue en 2010, la edición que tuvo como ganador al emblemático Cristian U. En el medio hubo algunas otras ediciones, pero ninguna superó los 10 puntos de rating en promedio.

No soy de las que piensan que Gran Hermano es un reflejo de la sociedad. Creo que es una muestra bastante particular: 18 personas que eligen por motus propio pasar varios meses aislados del mundo, encerrados en una casa conviviendo con gente que odian, siendo observados y escuchados las 24 horas del día, sin ningún tipo de privacidad, sin nada propio o íntimo, siendo un experimento social a cielo abierto para todo el país. 

Pero sí creo que hay algo interesante para observar en la interacción del público con el juego. Desde ese 2010 a la fecha las cosas cambiaron bastante. Cristian U fue el estereotipo de participante que va a Gran Hermano “a jugar”. Haciendo estrategia, midiendo cada paso, frío, calculador, reflexivo y leyendo bien el juego. El clima social de esa época lo premió: fue el jugador más admirado, al punto de que salió por decisión propia de la casa y volvió a entrar en el repechaje. Salió, disfrutó el afuera, acumuló información, volvió a entrar y ganó. 

Este año, la interacción del público es exactamente la opuesta. Los participantes que todo el tiempo hablan del juego y complotan estrategias son los que primero están siendo expulsados. El público no tiene ganas de ver a los participantes generando conflictos y tensiones innecesarias, rosqueando y sobreactuando frialdad inescrupulosa. Agustín, que empezó siendo el personaje más popular y generó todo un movimiento en redes sociales al que se subieron personalidades ultra populares entre los jóvenes como Bizarrap o Coscu, la famosa “Frodoneta”, empezó a perder popularidad masivamente en cuanto empezó a hablarle a la cámara y relatar sus movimientos y estrategias, diciendo que nada de lo que hacía era al azar y que cada palabra que pronunciaba era por estrategia, causando rechazo generalizado, hartazgo, “cringe”, hasta que finalmente fue expulsado.

Sin querer forzar ningún análisis sociopolítico, realmente creo que hay algo ese comportamiento que refleja el clima social. El mismo factor que nos lleva a fanatizarnos con Gran Hermano después de 12 años de ediciones que fracasaron. El hartazgo, la frustración, y la imperiosa necesidad de fugarnos de un clima social y político denso. El mismo factor que hace que en todas las encuestas, cuando se le pregunta a la gente a quién va a votar, la suma del no sabe/no contesta/no iría a votar supera ampliamente a cualquiera de las fuerzas que conforman hoy el escenario electoral. El mismo factor que hace que la gente ni tenga ganas de votar, como muestra este dato sobre las PASO que me sorprendió muchísimo:

 

En cambio, los participantes más populares son Marcos, que prácticamente no habla del juego, está siempre tranquilo y haciendo chistes que nos hacen reír a todxs, y Julieta, una “milipili” que está medio en otra más preocupada por cuestiones estéticas que por hacer estrategias macabras.

Y acá se abre otro portal: el feminismo. El personaje de Julieta, superficial, reforzando constantemente el estereotipo de belleza hegemónica, preocupada por la ropa, la delgadez o un grano que le salió, es por lejos el personaje más querido por el público femenino. En cambio, Mora o Lucila, las participantes explícitamente feministas, fueron expulsadas rápidamente por repeler con el monotema anti patriarcal. 

El personaje de Alfa, cascarrabias y con muy pocos hilos de twitter sobre feminismo leídos, uno de los personajes con más banca. Tiene comportamientos y sentencias claramente misóginas, pero después se arrepiente y llora, se muestra vulnerable y sensible. Lo odiamos y empatizamos, todo al mismo tiempo. Un personaje que viene a mostrarnos que las cosas son más complejas, que no todo es blanco o negro, que no somos malos o buenos.

Esto no significa el fracaso de la lucha feminista ni mucho menos. El público puede tolerar los comentarios machistas de Alfa como quien tolera los comentarios de un tío medio denso en navidad. Pero expulsó a Agustín cuando se filtraron sus declaraciones diciendo que tenía un drive lleno de nudes que le mandaron sus ex para amenazarlas si se “mandaban alguna”, y repudió el acoso constante y sistemático a Julieta. Pero sí nos habla un poco del fin de ciclo de ese feminismo 2018 punitivista, sobregirado y avasallante, y nos dice que por favor necesita un respiro, una Julieta, un punto de fuga que cristalice todo eso que tenemos contenido.

De ninguna manera esto pretende ser una oda a la despolitización. Pero sí nos tiene que servir para seguir repensando las formas en las que intentamos interpelar, la forma en que les hablamos a las juventudes que no tienen más ganas de ver tensión, densidad, conflictos absurdos por temas irrelevantes. Aprovechemos el envión de la alegría popular mundialista para construir consensos básicos, para ponernos creativos y pensar formas de resolver los problemas que venimos arrastrando hace muchos años, para convencernos de que se puede apostar en el futuro, confiar y dejar de especular. Tengamos las fiestas en paz.

Feliz año para todxs!


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Inés Lovisolo

Inés Lovisolo es politóloga especialista en Comunicación Política y Opinión Pública (Universidad de San Andrés/FLACSO). Trabaja en comunicación política, escribe sobre análisis político y es coordinadora del newsletter de Abro Hilo.

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